Múnich en un día
9 h de ruta5 paradasMejor: Llega a la Marienplatz antes de las once, por el carillónActualizado julio de 2026
Todo se mide literalmente desde la Marienplatz: es el punto cero de la ciudad, y el casco viejo entero cabe en un anillo que se cruza en veinte minutos. Por eso el día se organiza desde ahí. La sorpresa la da el edificio más fotografiado de la plaza, ese ayuntamiento gótico enorme, que es más joven que la Torre Eiffel.

La forma del día es esta: mañana en la plaza y en el mercado, mediodía en la Frauenkirche, tarde en el Jardín Inglés viendo a gente hacer surf en un río a un kilómetro del centro, y noche en una cervecería en mesa compartida. Y una regla que te ahorra el disgusto: la salchicha blanca se come antes de mediodía. Aquí eso no es folclore, es la única manera de comerla.
La ruta, parada a parada
5 PARADAS- 01
La Marienplatz, y el carillón que decepciona a todo el mundo
La plaza marca el punto cero de Múnich: las distancias de la ciudad se cuentan desde aquí. El edificio que la ocupa entera, el Neues Rathaus, parece medieval y es de entre 1867 y 1908, o sea que es contemporáneo de las novelas de Verne. Está hecho a propósito para parecer más viejo de lo que es, y funciona: casi nadie lo duda.
Arriba está el Glockenspiel, cuarenta y tres campanas y treinta y dos figuras que a las once y a las doce representan una boda de 1568 y la danza de los toneleros que celebra el fin de una peste de 1517. Dura quince minutos y es, con toda probabilidad, la atracción más sobrevalorada de Europa: se ve una vez, se entiende que es un reloj mecánico grande y se sigue.
Lo digo antes para que no te enfades después.
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El Viktualienmarkt
El mercado lleva aquí desde 1807, cuando el rey ordenó sacarlo de la Marienplatz porque ya no cabía, y sigue siendo un mercado de verdad pese al precio: queseros, carniceros, especias, flores, encurtidos. Es donde se compra el Obatzda, la crema de queso con pimentón que inventó una posadera en un jardín de cerveza en los años veinte para aprovechar el camembert pasado.
En el centro hay un Biergarten bajo castaños con una particularidad que dice todo sobre esta ciudad: la cerveza que sirve va rotando entre las seis fábricas de Múnich a lo largo del año, para no favorecer a ninguna.
Y ahí puedes hacer lo que la ley bávara permite: comprar la comida en los puestos, sentarte con ella y pagar solo la bebida.
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La Frauenkirche y la regla de los cien metros
Las dos torres con cúpula de cebolla son el símbolo de Múnich y miden noventa y nueve metros. Ese número no es casual y sigue mandando: en 2004 los muniqueses votaron en referéndum que ningún edificio nuevo dentro del anillo interior superara los cien metros, es decir, la altura de sus propias torres. Ganó el sí, y por eso Múnich no tiene skyline y Fráncfort sí.
Dentro, en la entrada, hay una huella negra de pie en el suelo: el Teufelstritt, la pisada del diablo. La leyenda dice que el diablo se rio de que la iglesia no tuviera ventanas, se plantó en ese punto exacto, el único desde el que las columnas las tapan todas, y al descubrir el truco pegó una patada.
Es una historia inventada para explicar un efecto óptico real, y el efecto óptico se puede comprobar poniéndose donde la huella.
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La ola del Eisbach
A un kilómetro de la Marienplatz, donde el canal del Eisbach entra en el Jardín Inglés, hay una ola fija de un metro que se forma por unas piedras del fondo y que se surfea desde los años setenta. No es una atracción montada: es un canal urbano con gente haciendo cola en la orilla, con traje de neopreno, en turnos de treinta segundos, en enero también.
Fue ilegal o tolerada durante décadas y la ciudad acabó legalizándola en 2010, admitiendo lo evidente. Mirar es gratis y es el mejor espectáculo de Múnich: cinco minutos de puente y entiendes esta ciudad mejor que en el Glockenspiel.
Lo que no se hace es meterse: el agua va fría todo el año, la corriente es fuerte, el fondo tiene piedra y esa ola no es para aprender. Hay carteles que lo dicen y hay motivo para que estén.
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El Jardín Inglés, que lo fundó un americano
Ocupa tres kilómetros y medio cuadrados, o sea más que Central Park, y empieza a un paso del centro. Lo fundó en 1789 Benjamin Thompson, un tipo nacido en Massachusetts que se puso del lado británico en la independencia americana, tuvo que salir por patas y acabó de ministro en Baviera con título de conde. Su idea era dar trabajo a los mendigos. Le salió el parque urbano más grande de Europa.
Dos cosas que hay que saber antes de entrar. Una: el Biergarten del Chinesischer Turm es de los grandes del mundo y funciona con la regla bávara, así que puedes llevarte la merienda.
Dos: hay zonas de nudismo permitido desde los años ochenta y no están escondidas, están en el césped por el que pasas. A nadie le llama la atención salvo a los que acaban de llegar.
Preguntas frecuentes
¿Qué ver en Múnich en un día?
La Marienplatz y el Viktualienmarkt por la mañana, la Frauenkirche a mediodía, la ola del Eisbach y el Jardín Inglés por la tarde y una cervecería por la noche. El casco viejo cabe en un anillo que se cruza andando en veinte minutos.
¿Merece la pena el Glockenspiel de Múnich?
Poco, y conviene saberlo antes: suena a las once y a las doce, dura quince minutos y son treinta y dos figuras representando una boda de 1568. Se ve una vez de paso. Es probablemente la atracción más sobrevalorada de Europa y el resto de la ciudad no se le parece en nada.
¿Se puede surfear en Múnich?
Sí: en el Eisbach, un canal a un kilómetro de la Marienplatz, hay una ola fija que se surfea todo el año, legalizada en 2010. Mirar es gratis y es el mejor espectáculo de la ciudad. Meterse, no: el agua va fría, la corriente es fuerte, el fondo es de piedra y no es una ola para aprender.